Sí, el progreso verdadero es dirigir las caras del corazón, del espíritu, de la inteligencia y también de la imaginación y otras facultades sutiles otorgadas al ser humano hacia la Vida Eterna para que cada una esté ocupada exclusivamente en la adoración que lo hará merecedor de ella. Quienes están mal guiados imaginan que el progreso es sumergirse en cada pequeño detalle de la vida mundanal y, para saborear todo tipo de placeres (aún de los más ínfimos), someterse a un espíritu desviado, a todas las facultades del corazón y de la mente para que lo asistan. Hacer esto no es progresar, es decaer.
Yo presencié este hecho en una visión que describiré en la siguiente comparación:
Yo estaba entrando en una ciudad grande cuando noté que estaba llena de inmensos palacios. En las puertas de algunos de estos palacios había un gran jolgorio, como si estuvieran en un teatro brillante, que llamaba la atención de todos y los entretenía. Miré con atención y me di cuenta de que el dueño de uno de esos palacios esta en la puerta jugando con un perro y ayudando en el jolgorio. Las señoras se complacían conversando de cerca con jóvenes de malos modales. Las niñas más grandes organizaban los juegos de los niños más pequeños. Y el portero había asumido el rol de director de todos ellos. Entonces me di cuenta de que dentro del gran palacio estaba completamente vacío. Los deberes importantes estaban sin hacer. La moral de sus habitantes había caído tan bajo que exponían sus roles en la puerta.
Seguí caminando hasta que llegué a otro palacio grande. Vi que en la puerta había un fiel perro echado, y un severo y taciturno portero de aspecto mediocre.
Quise saber. ¿Porqué unos son así y otros no son así? Entre allí. Vi que la parte de adentro era muy bonita. En cada piso, la gente del palacio estaba ocupada realizando los quehaceres diarios. Las personas del primer piso organizaban la administración y se preocupaban de las necesidades. En el piso de arriba las niñas les enseñaban a los niños. Encima de ese piso, las señoras estaban ocupadas realizando bellas artes y hermosos bordados. Y en el último piso, el noble intercambiaba noticias con el rey y estaba ocupado con sus sagrados deberes para mantener la tranquilidad de la gente y sus propios logros y progresos. Nadie me prohibió la entrada porque nadie me podía ver, así que entré y deambulé por allí. Después salí y miré todo alrededor. En toda la ciudad existían esos dos tipos de palacios. Pregunté y me dijeron: “Los palacios donde hay fiesta en la puerta y la parte de adentro está vacía pertenecen a los íncredulos más destacados y a la gente mal guiada. Los otros pertenecen a los musulmanes notables”. Luego, en una esquina encontré un palacio en
