perfecto del mundo y el vicegerente Divino sobre la tierra y quien carga la Confianza Suprema, depende más que nadie de la ley del Decreto Divino.
Si dices: “El Decreto Divino nos ha atado así. Ha eliminado nuestra libertad. ¿No es creer en él una carga y algo irritante para el corazón y el espíritu, que anhela la expansión y vagar libremente?”
La Respuesta: ¡Absolutamente no! No es una carga; más bien brinda una luminosidad y felicidad al producir una liviandad y facilidad, y garantiza confianza y seguridad. Porque si el ser humano no cree en el Decreto Divino, está obligado a soportar una carga tan pesada como el mundo sobre los hombros de su espíritu dentro de un espacio restringido, que sólo le permite una independencia insignificante y una libertad temporaria. Porque el ser humano está conectado con todo el universo. Tiene infinitos objetivos y deseos. Pero ya que su poder, voluntad y libertad son insuficientes para acercarse a una milésima de éstos, se puede comprender qué increíble es la carga de la angustia que soporta. Así, creer en el Decreto Divino arroja esa carga por completo sobre el barco del Decreto Divino, permitiéndole deambular libremente dentro de sus perfecciones con perfecta facilidad y perfecta libertad de espíritu y corazón. Sólo elimina la libertad insignificante del alma dominada por el mal y destroza su tiranía faraónica, su señorío, y su actuar como le place. Creer en el Decreto Divino produce tanto placer y tanta felicidad que va más allá de toda descripción. Sólo aludiremos a ello con la siguiente comparación.
Dos hombres viajaron a la sede del gobierno de un rey, allí entraron a su palacio privado, un lugar de maravillas. Uno de ellos no reconoció al rey; echando mano y robando todo; quería establecerse allí. Al hacerlo, experimentó ciertas dificultades, porque tuvo que arreglar el palacio y su parque, supervisar sus ingresos, trabajar con sus máquinas, y alimentar a sus animales extraños; sufrió angustia constante. El parque paradisíaco se convirtió en un infierno para él. Se lamentaba de todo. No podía gobernarlos. Pasaba su tiempo arrepintiéndose de todo. Hasta que este ladrón y mal educado fue enviado a prisión como castigo. El segundo hombre reconoció al rey y sabía que era su invitado. Creía que todos los asuntos en el parque y en el palacio ocurrían por la reglamentación de la ley y que todo funcionaba con perfecta facilidad según un programa. Dejando las dificultades a la ley del rey, se beneficiaba con absoluta felicidad con todos los placeres de ese jardín paradisíaco, y confiando en la misericordia del rey y en la eficacia de las leyes administrativas, vio todo tan agradable y pasó su vida llena de placer y felicidad. Comprendió el significado del dicho:
