Fundación de Ciencia y Cultura de Estambul
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Una vez más, comencé a escuchar a los memorizadores de la mezquita Bayezid para oír las enseñanzas celestiales del Corán y para despertar una vez más. De su sublime instrucción, oí buenas noticias a través de decretos sagrados como este: ﴾ وَبَشِّرِ الَّذ۪ينَ آمَنُوا ﴿ Con la refulgencia que recibi del Corán, busqué consuelo, esperanza y luz dentro de los puntos en los que había sentido horror, desolación y desesperación, no fuera de ellos. Cien mil agradecimientos sean para Yenáb-i Jak, porque encontré la cura dentro de la enfermedad misma, encontré la luz dentro de la oscuridad misma, encontré el consuelo dentro del horror mismo.

Primero, pasé por el rostro de la muerte, que se cree que es de lo más terrible y que aterroriza a todos. A través de la luz del Corán, vi que a pesar de que su velo es negro, oscuro y feo, para los creyentes su verdadero rostro es luminoso y bello. Hemos demostrado esta verdad contundentemente en muchas partes de Risale-i Nur. Por ejemplo, como explicamos en la Palabra Ocho y en la Carta Veinte, la muerte no es aniquilación y separación, sino que es la introducción a la vida eterna, es su comienzo. Es un descanso de las dificultades de las obligaciones de la vida, una desmovilización. Es un cambio de domicilio. Es encontrarse con la caravana de un amigo que ya ha partido al Mundo Intermedio; etcétera. Vi el rostro verdadero de la muerte a través de verdades como estas. Miré el rostro de la muerte no con temor, sino con entusiasmo. Comprendí un misterio de la contemplación de la muerte que hacen los sufíes.

Luego consideré mi juventud que había partido; juventud que cuando se acaba hace llorar a todos, que los hace enamorarse y amarla, y pasarla en pecado y negligencia. Vi que dentro de su hermosa y decorada púa había un rostro horrible, embriagado y aturdido. Si no hubiera aprendido su verdadera naturaleza, me hubiera hecho llorar por cien años si llegara a permanecer en este mundo por tanto tiempo, en vez de intoxicarme y hacerme feliz por algunos años. Tal como una persona de ese tipo dijo lamentándose:

لَيْتَ الشَّبَابَ يَعُودُ يَوْمًا فَاُخْبِرَهُ بِمَا فَعَلَ الْمَشِيبُ “Si tan sólo un día de mi juventud regresara, le diría sobre las aflicciones que la ancianidad me ha traído”.

Ciertamente, los ancianos como esta persona que no conocen la verdadera naturaleza de la juventud, piensan en sus propias juventudes y lloran con arrepentimiento y añoranza. Pero cuando la juventud pertenece a los creyentes que tienen corazones atentos, que están en paz con Allah y que son razonables, es el medio más poderoso, agradable y placentero para asegurar las buenas obras y comerciar en el Más Allá, mientras que la pasen en adoración, y ese comercio y esas buenas obras. Para quienes conocen sus deberes religiosos y no malgastan su juventud, es una bendición divina preciosa y encantadora. Pero cuando no se pasa con modestia, rectitud y temor de Allah, contiene muchos peligros; daña la felicidad eterna y también la vida de este mundo. A cambio de los placeres de uno o dos años de juventud, en la ancianidad causa muchos años de dolor y pena. Debido a que para la mayoría de la gente, la juventud es dañina, nosotros, los ancianos, debemos agradecer a Allah por habernos salvado de sus

4–6 de octubre de 2026 · Estambul

XIII Simposio Internacional Bediuzzaman

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