Fundación de Ciencia y Cultura de Estambul
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de dolor es la ancianidad de los extraviados, por cierto, su juventud también. Son ellos quienes deberían llorar con suspiros y reproches. Mientras que ustedes, respetados ancianos creyentes, deberían agradecer felizmente diciendo: “¡Todas las alabanzas y todo el agradecimiento sea para Allah por todas las situaciones!”

Duodécima Esperanza

DUODÉCIMA ESPERANZA

Una vez, era prisionero en el distrito de Barla en la provincia de Esparta en un cautiverio angustiante bajo el nombre de exilio, en un estado verdaderamente desdichado, sufriendo de enfermedad y de ancianidad, y estar en el extranjero, y en un pueblo solo sin nadie, privado de toda compañía y comunicación. Entonces, con Su perfecta misericordia, Yenáb-i Jak (Altísimo Verdadero) me otorgó una luz en relación a los puntos sutiles y los misterios del Sabio Corán que fue el medio de consuelo para mí. Con él, intenté olvidar mi estado lamentable, doloroso y triste. Fui capaz de olvidar a mi tierra natal, a mis amigos y parientes, pero ¡ay!, hubo una persona a la que no pude olvidar y ese fue el difunto AbdurRajman, que era mi sobrino, mi hijo espiritual, mi alumno más abnegado y mi amigo más valiente. Me había abandonado seis o siete años antes. Ni él sabía a dónde estaba yo, para que pudiera apresurarse a ayudarme y consolarme, ni yo sabía su situación para que pudiera mantener correspondencia con él y pudiéramos confiar uno en el otro. Ahora, en mi ancianidad, necesitaba de alguien leal y abnegado como él.

Entonces, de la nada, alguien me dio una carta. La abrí y vi que era de AbdurRajman, escrita de una manera que mostraba su verdadero estado. Mostrando claramente tres instancias de maravillas, parte de ella se ha incluido entre las partes de la Carta Veintisiete. Me hizo llorar y aún me hace llorar. El difunto AbdurRajman escribió en su carta con seriedad y sinceridad que él despreciaba los placeres del mundo y que su mayor deseo era encontrarme y velar por mis necesidades en mi ancianidad tal como yo lo había cuidado cuando él era un niño. También quería ayudarme con su pluma capaz para esparcir los misterios del Corán, mi verdadera tarea en este mundo. Incluso escribió en su carta: “Envíame veinte o treinta tratados y escribiré veinte o treinta copias de cada uno y haré que otros los escriban”.

Su carta me hizo sentir esperanzado con respecto al mundo. Pensando que había encontrado un alumno valiente que era tan inteligente como un genio y me ayudaría con más lealtad y conexión que un hijo verdadero, me olvidé de mi cautiverio tortuoso, mi soledad, alejamiento y ancianidad.

Había obtenido una copia de la Palabra Diez sobre la fe en el Más Allá antes de escribir la carta. Fue como si el tratado hubiera sido un remedio para él que le curó todas las heridas espirituales que había recibido durante esos seis o siete años. Luego escribió la carta para mí, como si estuviera esperando su muerte con una fe verdaderamente fuerte y brillante. Entonces uno o dos meses después, mientras pensaba una vez más en pasar una vida mundanal feliz con AbdurRajman, ¡ay!, de repente recibí noticias de su muerte. Estuve tan sacudido por la noticia que cinco años más tarde aún estoy bajo su efecto. Me afligió con dolor, pesar y un sentido de separación que excede diez veces más que el cautiverio tortuoso, la soledad, el alejamiento, la ancianidad y la enfermedad que

4–6 de octubre de 2026 · Estambul

XIII Simposio Internacional Bediuzzaman

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