﴿ اِنَّ اللّٰهَ هُوَ الرَّزَّاقُ ذُو الْقُوَّةِ الْمَت۪ينُ ﴾
y del significado explícito de esta otra:
﴿ وَمَا مِنْ دَٓابَّةٍ ف۪ي الْاَرْضِ اِلَّا علٰى اللّٰهِ رِزْقُهَا ﴾
entonces esta persona encontrará el sustento suficiente para vivir de una manera u otra porque así lo aseguran estas aleyas. Sí, existen dos tipos de sustento:
Uno es el sustento verdadero, que es suficiente para subsistir. Como lo declaran estas aleyas, este sustento está garantizado por el Sustentador. Así que, mientras las inclinaciones de los seres humanos hacia el mal no intervengan, encontrarán este sustento esencial bajo cualquier circunstancia. No se verá obligado a sacrificar su religión, ni su honor, ni su dignidad.
El segundo es un sustento metafórico. Con este, si se abusa de él, las necesidades no esenciales se vuelven esenciales, y a través de la calamidad de la costumbre o tradición, la gente se vuelve adicta y no pueden vivir sin ellas. Ya que este sustento no está garantizado por el Sustentador, obtenerlo es extremadamente caro, y en especial en estos momentos. Estos bienes que no rinden frutos y que son desfavorables se obtienen principalmente al sacrificar la dignidad y al aceptar la degradación, incluso a veces al rebajarse a mendigar, besando los pies de los desviados, u otras veces al sacrificar las cosas sagradas de la religión, que son la luz de la vida eterna.
También, en este momento de pobreza y dificultad, el aflicción que sienten aquellos que tienen conciencia por la angustia de los hambrientos y necesitados, hace que cualquier placer que haya sido obtenido con dinero ilícito sea amargo. Durante momentos tan extraños como estos, en cuanto a los bienes de dudosa procedencia, uno tiene que arreglárselas al grado mínimo necesario. Porque, según la regla: اِنَّ الضَّرُورَةَ تُقَدَّرُ بِقَدْرِهَا , cuando uno esté obligado, se pueden tomar bienes ilícitos al grado mínimo necesario, no más. Alguien que esté en una necesidad extrema, podrá comer carne muerta, pero no podrá llenar su estómago con ella. Podrá comer sólo la medida justa para no morir. Además, no se puede comer de más por placer en presencia de cien personas que tienen hambre. La que sigue es una historia que demuestra que la moderación es causa de dignidad y distinción:
Una vez, Khatim Tay, que era mundialmente famoso por su generosidad, estaba regalando una manta grande. Habiéndoles dado a sus invitados una cantidad de regalos superfluos, se fue a caminar por el desierto. Allí vio a un pobre anciano que cargaba arbustos y plantas espinosas sobre sus espaldas. Las espinas estaban clavándose en su piel y lo hacían sangrar. Khatim le dijo: “Khatim Tay está entregando una manta grande y otros regalos. Ve allí y recibirás quinientos pesos a cambio de esta carga que sólo vale cinco pesos”. El modesto anciano le respondió: “Yo levanto y llevo esta carga espinosa con mi dignidad; no me voy a estar obligado a Khatim Tay”. Más tarde, le preguntaron a Khatim Tay: “¿Alguna vez te habías cruzado con alguien más generoso y digno
