Tercera Razón
Tercera Razón: No digo esto sobre Risale-i Nur por modestia, sino para explicar una verdad, que las verdades y perfecciones en Risale-i Nur no son mías; son del Corán y se expiden del Corán. La Palabra Diez, por ejemplo, consiste de algunas gotitas que se filtraron de cientos de aleyas. El resto de los tratados son todos como ese. Ya que sé que es así y ya que soy efímero, partiré y por supuesto que algo, una obra que es perdurable no debería y no debe atarse a mi persona. Y ya que es la costumbre de los extraviados y rebeldes refutar una obra que no se adecua a sus propósitos al refutar a su autor, los tratados, que están ligados a las estrellas de los cielos del Corán, no deberían estar ligados a un poste podrido como yo que puede ser objeto de críticas y objeciones y puede caer. También, es una costumbre generalizada buscar los méritos de un trabajo en las cualidades de su autor, de quien la gente cree que es la fuente y el origen de la obra. Atribuir esas verdades elevadas y esas joyas brillantes a un quebrado como yo según esa costumbre y a mi persona que no podría producir ni una milésima de ellas por sí mismo, es una gran injusticia en contra de la verdad; en consecuencia, me veo obligado a proclamar que los tratados no son de mi propiedad; son propiedad del Corán y se expiden del Corán manifestando sus virtudes. Sí, las cualidades de los deliciosos racimos de uvas no deberían buscarse en sus tallos secos. Yo me parezco a ese tallo seco.
Cuarta Razón
Cuarta Razón: A veces la modestia sugiere ingratitud por las bendiciones, por cierto, es ingratitud por las bendiciones. Luego, a veces, narrar las bendiciones es la causa de orgullo. Ambas cosas son dañinas. La única solución es que no suceda ninguna de las dos. Admitir las virtudes y perfecciones, pero sin reclamar la propiedad de ellas es mostrarlas como las obras del otorgamiento del Verdadero Otorgador. Por ejemplo, supongamos que alguien te vistiera con una vestimenta de honor bordada e incrustada y te volvieras muy bello y la gente te dijera: “¡Que maravilla Allah ha deseado! ¡Qué bello eres! ¡Qué bello te has vuelto!” y modestamente respondieras: “¡Que Allah no lo permita! ¿Qué soy? ¡Esto no es nada!” Esto sería una ingratitud por la bendición y le faltaría el respeto al artesano habilidoso que te vistió con esa vestimenta. Mientras que si respondieras con orgullo: “Sí, soy muy bello. ¡Seguramente nadie se compara conmigo!”, eso sería un orgullo arrogante.
Y entonces, para salvarse de la arrogancia y de la ingratitud, uno debería decir: “Sí, me he embellecido. Pero la belleza emana de la vestimenta y así directamente de quien me vistió con ella; no es mía”.
De esta manera, si mi voz fuera lo suficientemente fuerte, le gritaría a todo el mundo: “Risale-i Nur es bello y verdad; pero no es mío. Es los rayos que brillan de las verdades del Noble Corán”.
Según el principio de:
وَمَا مَدَحْتُ مُحَمَّدًا بِمَقَالَتِى وَلٰكِنْ مَدَحْتُ مَقَالَتِى بِمُحَمَّدٍ
digo: وَ مَا مَدَحْتُ الْقُرْآنَ بِكَلِمَاتِى ❀ وَلٰكِنْ مَدَحْتُ كَلِمَاتِى بِالْقُرْآنِ
