tiene que ver sólo con los medios; hay unidad con respecto al objetivo y al propósito principal. Tal diferencia manifiesta cada aspecto de lo verdadero y sirve a la justicia y a la verdad. Pero lo que surge de la confrontación de puntos de vista que sean partidistas y rencorosos y que ocurran en pro de un alma tirana y desviada basada en egoísmo y búsqueda de fama, no es ‘el destello de la verdad’ sino el fuego del disenso. La Unidad del objetivo es necesaria, pero oponerse de esta manera nunca llegará a un punto de convergencia en ninguna parte del mundo. Debido a que no difieren en pro de la verdad, lo multiplican al infinito y hacen surgir divergencias irreconciliables. La situación del mundo es testigo de esto.
Para resumir: Las disputas y la discordia resultarán de no aplicar como principios que guíen nuestra conducta estas sabias máximas del Profeta (p. y b.): اَلْحُبُّ لِلّٰهِ ❀ وَالْبُغْضُ فِى اللّٰهِ ❀ وَالْحُكْمُ لِلّٰهِ Si uno no dijera:
اَلْبُغْضُ فِى اللّٰهِ ❀ وَالْحُكْمُ لِلّٰهِ y tuviera siempre presente estos principios, los intentos de hacer justicia que uno tenga resultarían en una injusticia.
Un acontecimiento con una lección muy importante: En una ocasión, el Imam Ali (que Allah esté complacido con él) arrojó a un incrédulo al piso. Mientras desenfundaba su espada para matarlo, el incrédulo le escupió la cara. Entonces el Imam Ali no lo mató y lo dejó libre. El incrédulo le dijo: “¿Por qué no me mataste?”. Le respondió: “Porque iba a matarte en nombre de Allah, pero cuando me escupiste, me enojé mucho y la pureza de mi intención se nubló por las inclinaciones de mi alma maligna. Por esa razón no te he matado”. El incrédulo dijo: “Quise hacerte enojar para que me mates inmediatamente, pero, si tu religión es tan pura y tan sublime, debe ser la verdadera”.
Mencionaré otro hecho que vale la pena destacar: Una vez, cuando un juez mostró signos de enojo mientras cortaba la mano de un ladrón, el gobernante justo, que tuvo la oportunidad de observarlo, lo despidió de su puesto. Porque si le hubiera cortado la mano en nombre de la Sharía, su alma hubiera sentido lástima por la víctima. Le hubiera cortado la mano sin enojo en su corazón y sin compasión. Debido a que las inclinaciones de su alma maligna habían tenido parte en el asunto, no pudo realizar este acto con justicia.
Una condición social lamentable y una enfermedad increíble que afecta la vida de la sociedad, digno de llorar por ella por el corazón del Islam: olvidarse y abandonar las enemistades internas cuando aparecen los enemigos externos a atacar es una demanda de bienestar social reconocida y promulgada incluso por los pueblos más primitivos. ¿Qué es entonces lo que le sucede a quienes dicen estar al servicio de la comunidad islámica, pero que en el momento en que innumerables enemigos toman posición para atacar, uno tras otro, no pueden olvidarse de sus pequeñas enemistades y dejan el terreno preparado para que los enemigos los ataquen? Esto es una bajeza, un salvajismo y una traición cometida contra la vida social del Islam.
