con ‘el conocimiento de la certeza’ que debido a su relación con esa existencia infinita, vivir un instante es tan valioso como existir eternamente. Porque al entender por la comprensión de la fe, que mi ser es la obra, el arte y la manifestación del Necesariamente Existente, me salvé de la oscuridad ilimitada de los miedos desolados y los dolores de las innumerables separaciones. Supe que dentro de una separación temporaria estaba la unión permanente con los seres que amaba, con quienes, por los vínculos de hermandad, tantos como los Nombres Divinos manifestados en los actos relacionados a los seres vivos en particular, había ganado una relación.
Está claro que quienes comparten el mismo pueblo, la misma ciudad o el mismo país, o el mismo regimiento, comandante o maestro sentirán una hermandad cercana y una cálida amistad. Mientras que aquellos privados de tales vínculos sienten un tormento doloroso constante rodeado de oscuridad. Los frutos de un árbol, también, si tuvieran conciencia, sentirían que son hermanos, compañeros y observadores entre sí. Si el árbol cesara de existir o fuera podado, experimentarían tantas separaciones como cantidad de frutos.
Así, por la fe y la relación que resulta de ella, mi existencia – como la de todos los creyentes – gana las luces de las miles de existencias intactas por la separación. Incluso si parte, está contenta, porque ellas quedan detrás como si ella misma hubiese permanecido. Además, como se demuestra en detalle en la Carta Veinticuatro, las existencias de todos los seres vivos y particularmente aquellas con espíritus, son como palabras. Son pronunciadas y escritas, luego desaparecen. Pero en lugar de sus propias existencias, dejan atrás numerosas existencias que se pueden contar como existencias de segundo grado, como sus significados, sus similitudes y formas, y sus resultados, y si son bendecidas, sus recompensas y sus realidades. Sólo entonces pasan por debajo del velo.
Justo de la misma manera, cuando parten de la existencia aparente, mi existencia y las existencias de todos los seres vivos, dejan atrás sus espíritus, si los tienen, sus significados, realidades, similitudes, los resultados y frutos mundanales del Más Allá producidos por ellos individualmente; dejan sus formas y sus identidades detrás en las memorias, en la Tabla Preservada, en las películas que muestran paisajes eternos, y en las exhibiciones del conocimiento eterno; y dejan las glorificaciones Divinas ofrecidas por sus seres esenciales, que las representan y les da permanencia, en los cuadernos de sus obras; y sus respuestas innatas de las manifestaciones de los Nombres Divinos y lo que los Nombres necesitan, y que sean espejos existentes para ellas, parten de la esfera de los Nombres. Dejan atrás en sus lugares numerosas existencias no físicas como estas, más valiosas que sus existencias externas, luego parten. Supe esto con ‘el conocimiento de la certeza’.
Así, por la fe, la comprensión y la relación que resulta de la fe, uno puede reivindicar a las existencias inmateriales y eternas mencionadas anteriormente. En ausencia de la fe, además de estar privados de todas aquellas otras existencias, incluso la propia existencia de uno es en vano, para uno mismo y se pierde en la inexistencia.
